Nebulosa Cirrus Infrarroja Polar
Nebulae

Nebulosa Cirrus Infrarroja Polar

Te encuentras suspendido en las alturas del halo galáctico, envuelto en una luminosidad sin origen aparente que no brilla sino que parece exhalar, el resplandor integrado de cien mil millones de estrellas filtrado hacia arriba a través de capas de polvo interestelar de una tenuidad casi inconcebible, cada grano un fragmento de silicato o carbono de apenas una fracción de micrómetro, dispersando la luz como la niebla invernal dispersa el fulgor lejano de una ciudad. La estructura dominante son filamentos de cirro infrarrojo de alta latitud galáctica, corrientes de material que se extienden miles de años luz y que los campos magnéticos galácticos han estirado en geometrías curvas de vastedad tranquila, sus bordes disolviéndose antes de que la mirada pueda fijarlos, sus interiores ni opacos ni transparentes sino una materia que existe y no existe al mismo tiempo. El tono es un plateado-azul frío y puro que se acumula en los pliegues más profundos de los filamentos y palidece hacia el blanco ártico en los velos más tenues, mientras que en el horizonte ficticio que forma el plano galáctico una luminiscencia dorada y suave tiñe de ocre las bases de las últimas gasas de polvo. A través de los claros donde el polvo se adelgaza emergen estrellas-punto ligeramente enrojecidas por la columna de material que han atravesado, recordatorio silencioso de que incluso esta bruma etérea es materia, física, mensurable, aunque su cruce requeriría cientos de años de viaje a la velocidad de la luz. La experiencia entera es la de estar dentro de la periferia de una galaxia vista desde sí misma: una quietud fotométrica infinita, el brillo fantasmal de la distancia acumulada, y ninguna superficie sólida en ninguna dirección.

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