Te encuentras suspendido en el fluido extracelular a escasos nanómetros de la membrana de un linfocito T, y lo que te rodea no es vacío sino una espesura translúcida y temblorosa de proteínas disueltas que filtra la luz fría y omnidireccional como el agua bajo el hielo polar. Decenas de viriones del VIH-1 derivan a tu alrededor en suspensión browniana, cada uno una esfera de entre cien y ciento veinte nanómetros de diámetro velada en azul grisáceo, con su núcleo capsídico apenas insinuado como una sombra cónica en su interior y su superficie sembrada de trímeros gp120-gp41 que brillan en un oro cálido, pequeñas coronas glucoproteicas que representan la maquinaria molecular con la que el virus reconoce y asalta la célula huésped. Detrás de ti, la membrana plasmática del linfocito se alza y ondula como el flanco de una fosa abisal, interrumpida por los voluminosos complejos proteicos anclados en ella —receptores CD4, canales transmembrana, filamentos del glucocáliz que se proyectan hacia afuera como una arboleda translúcida—, y dos o tres viriones ya presionan contra esa frontera con una suavidad que parece gravitacional, sus espículas doradas buscando los sitios de anclaje en lo que la bioquímica describe como el primer paso irreversible de la infección. El ambiente entero vibra en la escala de la agitación térmica: aquí no hay sombras direccionales ni fotones relevantes, solo masa, química y la implacable democracia del movimiento browniano definiendo cada encuentro.
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