Dentro de la cámara bomba viva
Choanoflagellates & sponges

Dentro de la cámara bomba viva

Suspendido en el centro exacto de esta esfera de cuarenta micrómetros, el observador se encuentra rodeado por veinticinco coanocitos dispuestos en una cobertura continua e ininterrumpida, cada uno coronado por un collar de microvellosidades cristalinas y un flagelo único que apunta hacia el interior de la cámara como la vara de un director de orquesta invisible. Los flagelos no laten al unísono sino en fases escalonadas, y esa coordinación imperfecta pero precisa genera una corriente laminar continua que desplaza el agua desde la pared hacia el poro apopilo abierto al frente, un arco de citoplasma rasgado que anuncia la salida hacia los canales internos de la esponja. Dos pequeños poros prosopilares, apenas dos o tres micrómetros de diámetro, perforan la pared ambarína de la cámara como ventanas hacia el océano, dejando pasar hilos casi imperceptibles de agua cargada de bacterias y materia orgánica disuelta que los collares capturarán mediante filtración pasiva. Más allá de la capa celular, el mesoilo se extiende como un encaje traslúcido de fibras de colágeno en tonos dorados, habitado por arqueocitos ameboides que avanzan con sus pseudópodos extendidos, recogiendo y redistribuyendo los nutrientes ya capturados. Todo el conjunto —collar, flagelo, cámara, andamiaje y célula errante— constituye una de las arquitecturas de filtración más eficientes que la evolución ha producido, y su parecido estructural con los coanoflagelados de vida libre sugiere que en este espacio íntimo y luminoso late el ancestro común de todos los animales.

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