Te encuentras suspendido en el milímetro más superficial del océano abierto, flotando junto a un *Ceratium tripos* que se alza ante ti como una catedral de ámbar translúcido: sus tres cuernos huecos —uno apical, dos antapicales— se extienden casi medio milímetro de punta a punta, suficiente para llenar tu campo visual como un autobús de ciudad visto desde la acera de enfrente. La superficie de la célula está revestida de placas de anfiesma que teselan su cuerpo en un panal de paneles alveolares iridiscentes, y los primeros fotones rosados y azul acero del alba, refractándose hacia abajo a través de la interfaz aire-agua que tiembla apenas dos longitudes de cuerpo por encima de ti, recorren el casco como llamas frías que pulsan sobre los cloroplastos interiores —discos dorados y cálidos empaquetados holgadamente dentro de la célula— en barreduras prismáticas lentas y cambiantes. En el ecuador de la célula, el flagelo transverso late en la ranura del cíngulo con un temblor plateado e hipnótico: un filamento casi invisible que, colectivamente, impulsa a este organismo unicelular en su ascenso diario hacia la luz mediante un mecanismo que la física de Reynolds tan bajo hace completamente distinto al nado macroscópico, pues aquí la viscosidad lo es todo y la inercia no existe. En la distancia media, enorme como una torre de cristal y suspendido en una bruma bioluminiscente azul-verdosa ya agonizante, un copépodo de un milímetro aguarda inmóvil: sus primeras antenas abiertas como remos translúcidos, su ojo captando la luz superficial como un ámbar oscuro y único, su escala tan aplastante que cada una de sus patas plegadas supera en tamaño al *Ceratium* entero que flota ante ti.